«Rito de paso»

Me regaló unos pendientes de oro después de la cena. Me los dio en cuanto llegamos a su casa. Hacía apenas una semana que nos habíamos conocido en el cine del pueblo. No recuerdo el nombre de la película; cuando la cabeza decide hacerte desdichada, creando esas infatuaciones hacia extraños que son tan propias de los sueños, poco importa tener los ojos fijos en un punto. Ya él estaba sentado cuando llegué. Quitó su chaqueta para que yo pudiera acomodarme. La sala estaba casi vacía, por lo que importaba bien poco la ubicación que indicaran las papeletas. Yo podría haber accedido a llenar otra butaca y no importunarlo, pero no lo hice. Su olor me resultaba tan familiar que terminó aplacando mis crispados nervios. Su tez era de un color arcilloso y sus tupidas cejas le daban a su rostro un aire exótico. Esa noche, a la salida del cine nos presentamos y quedamos en vernos al día siguiente.

Después de una semana, allí estaba frente a su puerta con aquellos aretes de oro dentro de una cajita de terciopelo azul. No solía acostarme con nadie tan rápido, pero a medida que los años van pasando, uno termina por temerle mucho más a la soledad. Así de sencillo. La casa era un loft bastante amplio, y lleno de fotografías en blanco y negro. Me había comentado en nuestra primera salida que se dedicaba a la fotografía aunque no entró en detalle. Tampoco me importaba. Temía mucho perder esa aura de misterio que acompaña a las relaciones tempranas, al someterlo a un escrutinio tan inquisitivo. Hay cosas que nunca sabremos del otro, y es mejor que así sea.

Me paseé por la sala-studio y detallé cada retrato y adorno que allí se exhibía. Edgar había ido por unas copas y una botella de vino. “Alma Libre”, así se llamaba el pinot noir chileno que compartimos. No debí haber tomado tanto en tan poco tiempo. Corrí hacia la banqueta que estaba en medio de una pantalla verde e intenté simular cada una de las poses de aquellas modelos, cuyas fotografías colgaban de las paredes. Yo no era tan linda como esas. Igual, cuando el alcohol surte efecto, uno pierde la noción del ridículo. Él desde el sofá parecía disfrutar mi despliegue histriónico que había comenzado una vez que decidí desabrocharme la blusa. Me bebí de golpe la tercera copa de vino. Juro que pensé en parar todo aquel espectáculo. Terminé agarrando la cámara y se la pasé: «Quiero lucir hermosa. Anda. Si me quieres, tírame las mejores fotos.» Continué desvistiéndome en cada rincón, y él, como un perro adicto, me seguía con la cámara a todas partes. Retornó la cámara al trípode y finalmente terminamos haciendo el amor. Nos dormimos sobre la alfombra.

Durante la madrugada, lo sentí caminando por la cocina. Mi boca estaba seca. No sólo la resaca comenzaba a despuntar, también la vergüenza. Determiné irme en cuanto él se acostara a mi lado, y cayera rendido. Pensé que irse a hurtadillas era cosas de películas. No recordaba dónde había dejado los pendientes que me había obsequiado. Me iría sin ellos, total, no lucirían nada bien en alguien tan poco agraciada como yo. Lloré en silencio al pensar que no volvería a ver a Edgar.

Me despertó un sueño terrible: Edgar me cortaba las orejas para reclamar los pendientes dorados. Su mirada se tornó oblicua y su cuerpo transmutó a la consistencia propia del humo, con ese color lechoso que mancha el cielo invernal. Mi sangre salía a borbotones y antes que pudiera experimentar la muerte, logré despertar. Me senté en la cama y me busqué las orejas. Estaban intactas, saludables y heladas. Yo estaba sudorosa y desnuda. A mi lado, Edgar dormía. Ahora me encontraba en su cama. Me levanté presurosa, intentando no hacer ruido. Todas mis pertenencias yacían en el suelo, desparramadas, junto a algunas manchas del vino. Me vestí y fui a la cocina por agua. Mi garganta estaba carrasposa y supe que pasaría varios días ronca. No recordaba haber gritado tanto. No recordaba mucho, excepto aquella angustiosa pesadilla.

Estuve a punto de irme cuando vi una puerta que mostraba un señal que prohibía la entrada. Decidí husmear. La curiosidad es una gran motivación cuando se desea romper las reglas. Era un cuarto oscuro. Era la primera vez que entraba en uno. Era mucho más amplio que la cocina pero me llamó la atención que las tendederas estaban vacías. En una esquina, una silueta permanecía sentada con los pies cruzados y con la mano apuntaba hacia un rincón de la habitación en el que varios bultos de cajas permanecían apilados. Estuve a punto de gritar. Cuando tuve tiempo de procesar aquella impresión, ya me encontraba fuera de la habitación. El frío filoso de mis orejas había comenzado a disiparse por mi rostro y cuello. Algo indescriptible, quizás una sensación, me halaba hacia el interior del cuarto de revelado. ¿Qué intentaba mostrarme aquella aparición? Caminé hacia los cajones amontonados y polvorientos. A un lado, sobre una silla, se encontraban las fotos que me había tomado Edgar la noche anterior. Las fui pasando de una en una. No recordaba aquellas en las que yo, dormida, permanecía atada a una silla. Hacia el final de aquella serie, vi unas en las que usaba los pendientes de oro. Cada fotografía, como una historieta, mostraba la misma tortura que había soñado. Me volví a tocar las orejas. Definitivamente, eso no había pasado; ¡no podía haber pasado! ¿Cómo había sido capaz de soñar aquello con lujo de detalles? Rebusqué en los cajones, y encontré fotografías de diferentes muchachas, muy parecidas a mí, aunque con facciones mucho más refinadas. Habían sido torturadas siguiendo un procedimiento idéntico. No reconocí a ninguna. Por alguna razón retorcida, todas llevaban los mismos aretes de oro. ¿Serían un especie de fetiche? Me pellizqué con tanta rabia que conseguí ver asomar la sangre. Escuché un gemido prolongado y pavoroso, aunque muy lejano. En la segunda caja, encontré otras fotos en las que figuraban varios amigos sentados en la sala, al fondo, el fotógrafo conversaba con una modelo que estaba recostada en el suelo frente a la pantalla verde. Era la misma escena pero desde ángulos diferentes. Al fotógrafo no lo reconocí, aunque había sido el autor de las fotografías que adornaban la sala. Lo sé, porque aquella era la misma modelo que figuraban en las fotografías que me había esmerado en imitar. Esta era exótica, impregnada del color de los habitantes que contemplan el Mediterráneo. Por un momento, llegué a la conclusión de que debía haber sido Edgar el que había tomado aquellas fotografías. El reverso de las fotos llevaban escrito los nombres de los que allí se hallaban. Todos los nombres estaban tachados. Cerré las cajas e intenté dejarlas de la misma manera que las había encontrado. !Corre!, una voz lanzó un tenue grito a mis espaldas. No di tiempo a volver a escucharla. Salí de aquella casa disparada y sin vacilar. Salí descalza por aquella calle pedregosa. Eran unas piedras que hincaban como agujas finísimas. Estave segura que el pueblo no se encontraba a más de ocho millas. Mis pies estaban ensangrentados y entumecidos de tanto dolor. Poco a poco, el cielo se ennegrecía amenazante. Ya había recorrido más de la distancia que se suponía que separaba la casa de Edgar del pueblo, cuando avisté a lo lejos la primera casa. Apreté un poco el paso. Mis córneas estaban ateridas de un frío que era exclusivo de mi cuerpo. Me impedían ver a distancia. Tuve que estar lo bastante cerca del lugar para percatarme de que se trataba de la misma casa de la que había salido. ¿Era aquello otra pesadilla de la que me estaba costando mucho más trabajo despertar? Miré de un lado a otro de la carretera. La misma casa figuraba en ambos extremos. Era una especie de reflejo, de eco surreal. Intenté huir cortando ahora por el bosque que moteaba el paisaje. No sé de dónde saqué otra vez las fuerzas para correr por el camino escarpado. Al pasar el bosque volví a toparme con la dichosa casa. A mis espaldas el bosque había desaparecido. Me volvía a encontrar en el vértice de un ciclo inextricable, en medio del camino entre la casa y su reflejo. La corriente glacial que había comenzado en mis orejas, se esparció vertiginosamente hasta alcanzar los dedos de los pies. Me senté sobre las piedras del camino. No había aire, o al menos yo no respiraba. Tampoco mi corazón latía. Ni las astillas encajadas en los pies dolían, ni tampoco padecía el remordimiento, ni la vergüenza. A lo lejos, en el jardín de la casa, varias decenas de muchachas descalzas comenzaban a salir, livianas como las apariciones. Esperaban por mí. ¿Era acaso aquello una bienvenida? A muchas las había visto en algunas de las fotografías. Se mostraban temerosas, envueltas en un manto de silencio. En aquel instante supe, que de aquel lugar jamás podría escapar.